La energía deífica desmitificada
La materia espiritual de lo vivo. La energía deífica desmitificada.
1. Repaso de la muerte de dios. La era del dios de las mayúsculas ha terminado. Las religiones sin embargo no están en baja forma. Templos e iglesias se siguen llenando y los centros de oración siguen poblando la capa de la tierra. Por doquier aparecen nuevas figuras de predicadores que aterrorizan a las sensibilidades espantadizas con la venganza de los rayos y truenos de los dioses sulfúricos si no son acatadas sus órdenes. Al mismo tiempo el concepto de dios que lo veía y descubría todo con el que frustraban nuestras aventures infantiles ha dejado de ser creíble. Las distintas versiones del todopoderoso tienen por común denominador su desmentido con los límites del mundo planetario obligado a girar para siempre sobre sí mismo. El dios despiadado de Abraham está fuera de tono en un mundo sobrado de impiedad, el dios de Leibniz que había creado el mal como inevitabilidad en un mundo razonado también, el Zeus que permitió la condena a Prometeo por haber regalado el saber a los hombres nos quitaron las ganas de seguir creyendo en paparruchadas y la gran cuestión de Spinosa revelando la contradicción de dios al no poder resolver el mal mundano no ha sido resuelta por los teófilos. La simpatía a los dioses jerárquicos de los olimpos dejó de tener sentido frente a una estructura de jerarquías e injusticias. Con Nietzche y después con Freud ya no pudimos creer en un dios padre que nos protegiera, nos amara o nos esperara en un paraíso celestial para el goce en paz de la eternidad. Con Darwin y Marx aprendimos a confiar en la evolución futura en función de los propios recursos humanos. Y con Baudelaire y Coucteau los paraísos artificiales vinieron a entretenernos ante la vacuidad existencial y las miserias diarias a falta de ensoñaciones tras la recuperación del paraíso terrenal. Parecía que el fin de la teocracias facilitaría la adultez al ser humano y la superación definitiva de las filigranas argumentísticas que siguen explicándolo todo: el pasado con todo lo creado desde el big bang hasta el futuro con todo lo que tiene por suceder con la existencia de un dios todo terreno que lo explique absolutamente todo y que justifique los avatares existenciales a cambio de un porvenir eterno. Todo eso no se sostiene aplicando la metodología científica pero la coexistencia de la premisa del creyente con la práctica del científico hace dudar que el racionalismo haya triunfado alguna vez en la historia del pensamiento. Es así que el peso cuantitativo de adeptos a las distintas religiones influyentes en las distintas culturas no puede dejar de ser considerado por mucho que se relativice desde el punto de vista de la ignorancia dominante o atendiendo a las churchs-trusts encargadas de la manipulación en masa. De otra parte la teología de la confusión no viene a arreglar demasiados asuntos. La gente que desea respuestas se apunta a un credo u otro para coherentizar sus miserables existencias y la religión abrazada sea del signo que sea, sigue cumpliendo con su función histórica de desangustiar. Sin embargo el mayor común denominador de sus propuestas es el de paraísos eternos con total ausencia de la necesidad y de los conflictos donde la felicidad sería la constante. Eso es absolutamente inconcebible pero si atendemos, aunque sea como juego mental, a su probabilidad nos imaginamos el poco sentido que tendría una eternidad para las almas que la integraran perpetuándose a si mismas con la mueca congelada y los gestos repetidos. Acudir a la eternidad por la falta de sentido de la mortalidad corporal y el fin de nuestra presencia en la tierra es todavía acogernos a una perspectiva con menor sentido. El absurdo existencial de los seres vivos con inteligencia, que elaboran la dinámica de su absurdo en tanto la vida tiene una condena a ser terminada con sus obras inconclusas, no tiene por alternativa el absurdo aun más gigantesco de la existencia eterna acogida a inercias sin contenido. El mito de Sísifo que describe a los hombres condenados a repetir los mismos procesos no sería superado con el de esta supuesta eternidad que condenara a todos los espíritus a una quietud estática por los milenios de los milenios. Aunque la perspectiva de la continuidad postmortem no puede quedar cerrada del todo ni definitivamente zanjada, ya que hay que contar con otros registros de expresión vital y una cuarta dimensión de expresividad, tampoco tiene porque ser la base de una credulidad en el aire de acuerdo con la tradición de la fe ni tampoco de un agnosticismo vacilante al que se han abocado muchos intelectuales, al estilo de Camus entre otros.
La muerte de dios tan anunciada y que a muchos nos liberó de él, como parámetro de control, no se ha correspondido con el desmantelamiento de las iglesias. Éstas han seguido como formidables emporios de organización política y de presión ideológica de los pueblos. No sólo eso, una parte considerable de conflictos armados y de destrucción vienen enmascaradas por distintas ideologías religiosas. Por otro lado la demostración estupefaciente de las religiones no ha sido resuelta con el predominio de la espiritualidad como una operación soberana desde la individuación de cada persona autónoma, antes bien sobre nuevas propuestas espirituales se tiende a crear nuevas empresas religiosas de distinto aspecto público pero siguiendo la marca del gremio de los siglos anteriores. En el lugar del santoral aparecen nombres épicos y en el lugar del dios único y de las teocracias aparece un parámetro principal al que se le llama energía pero con la dote añadida de divinidad.
2. La energía como alternativa de la deidad. Sin duda la palabra energía tiene la fuerza alternativa de la naturaleza humana y de la materia terrenal a la supuesta fuerza del espíritu máximo de una entidad universal que lo controlara todo. La diferencia entre ambos conceptos es radical. La energía tiene una fuerza en si misma que lo hace andar todo. Está en todo, dentro y detrás de cada fenómeno conocido y por conocer. Está tanto en la presencia de lo objetos y en las moléculas que los integran como en su verdad mántica y en los espacios entre las partículas. Está tanto en la transmisión de las posibilidades eléctricas para encender una lámpara incandescente o accionar un ordenador como en la comunicación por vía telepática entre seres distantes. La energía es una constante en la expresividad cósmica y en la construcción de creaciones realizadas y pendientes por hacer. Es la potencia que permite los actos, es la posibilidad que convierte una oportunidad en una circunstancia, es la fuerza de la propuesta y del deseo, la voluntad organizada del hacer, la dimensión compartida de todos con todo. Pero no es dios ni puede serlo. De la misma manera que el poder del agua está en la fuerza que acarrea al dejarse llevar por su peso según nos enseñó A.Watts sin que haya nadie ni nada allí empujándola y dándose el movimiento por la lógica de la fuerza de la gravedad, también la energía se da como una constante presencial y una fuerza inherente a los actos de la vida y a la función de las cosas sin que nadie, como una entidad programadora, tenga que estar allí controlándola en sus detalles. La energía está presente en la intuición y en la presunción, también en la investigación y en los procesos materiales. Un objeto inerme dejado al azar es exponerlo a los avatares de otros factores que lo descolocan, lo recomponen, lo reprocesan y todo eso lo puede enriquecer pero también lo contrario: hacerlo desaparecer. Cualquier materia orgánica dejada a su suerte espontánea sin conservarla o tomar medidas de revitalización dará lugar a múltiples procesos de autodestrucción. Ahí también está presente la energía como un hecho en sí mismo no como una entidad previsora que cuide los menores detalles de toda esa actividad. El tratamiento del concepto y de la palabra energía ha ido variando. Ha pasado a ser de una palabra alternativa pulcra y exacta absolutamente desmarcada de las tribulaciones del lenguaje religioso a una palabra deificada que, implícitamente, ha venido a ser usada como un sucedáneo de alguno de los nombres de dios. La ciencia, que es una de las palabras consensuadas del saber universal, se ha abierto paso contra la jungla de las creencias (de la cual no ha salido todavía) y sus hallazgos han ido en relación directa a luchar a brazo partido contra los intereses a favor de las mentiras. Cuando Lacan afirma que la ciencia no está interesada en la verdad tiene que ver con la cantidad de factores que están presentes en su dinámica que la distorsionan de los verdades intereses analíticos de las cosas. En la actualidad detrás de las investigaciones están los motivos de quienes las financian e históricamente los datos observables tenían que encontrar cabida en las coordenadas culturales abyectas predominantes. La gran innovación de Sanwin fue plantear una teoría de la evolución sin prefijar una meta como sus coetáneos influenciados por las ideas religiosas.
La ciencia reconoce la energía. No solo eso, la calcula y la predice, la tasa y la clasifica. El préstamo, o la utilización, de su palabra por posiciones próximas a una especie de neo-ocultismo, que la mantienen en la indeterminación, convierte a sus usuarios en una nueva clase de ministros representantes de lo supremo que sólo ellos saben de lo que trata. La energía no es una hipótesis, es un hecho; otra cosa es que no lo sepamos todo de las distitnas clases de energia coexistentes y en particular de su función armonizante entre los seres humanos, acudir a ello como una apelación a una voluntad superior organizada es caer en la dependencia tradicional de las creencias y actitudes de fe en una cúpula superior que lo organiza todo. Si en cada disciplina científica ha tenido que darse un largo camino para resolver los enigmas de las cosas que sucedían para las que no se encontraba un entendimiento inmediato, también se ha dado por lo que respecta a lo que nos une y nos desune a los seres humanos. Todavía estamos a las puertas de un proceso para tomar consciencia de lo que somos y de lo que nos mueve más allá de nuestra voluntad y de lo que explica materialmente la conjunción de nuestros órganos dentro del organismo.
La del ADN es una historia desde el desarrollo de las macromoléculas hasta el descubrimiento final de la doble hélice explicada por Robert Olby[1]. Es un relato completo de los inicios de la biología molecular clásica. La de la energía en toda su complejidad es una historia no conclusa en la que convergen distitnas actitudes: desde las más mesiánicas y místicas a las más materialistas y geohumanas. La energía desde luego no se limita a procesos materiales tales como la transmisión eléctrica de impulsos que se traducen en datos los de combustión y fuerza mecánica o motriz. La energía también viene dada por la voluntad, la decisión, el plan, el acuerdo, la conciliación, el amor. Podemos asegurar que casi todas las cosas con las que tratamos y que pensamos tienen que ver con la energía pero con una energía de estado, de realidad, de lugar, de confluencia. Es la energía propia de las interacciones de los seres vivos con el planeta y de este con otros astros del orbe cósmico. La gran pregunta de los misterios es el origen de todo ello y sobre todo su perpetuación. Sabemos que no hay estado destructivo final de tal envergadura que impida la reaparición de vida al poco tiempo. Todo se confabula para nacer de nuevo. El bebé que cae al suelo en sus primeras prácticas en el andar trata de remontar su verticalidad para intentarlo de nuevo y el investigador que se ha equivocado repetidas veces en sus ensayos de acierto-error trata de seguir con los mismos para descubrir una vía de éxito. El deseo de volver a empezar es ya en sí mismo un vector de energía. Todo final no es más que una antesala para un nuevo origen. Y de todos los orígenes el más mistérico, el origen de la vida parece no haber resultado tan complejo después de todo. Todo era y es cuestión de probabilidades. Stanley Miller piensa que el origen de la vida fue un proceso bastante fácil a diferencia de la opinión mayoritaria que interpreta que hubo mucha complicación para tal evento. El mismo criterio podemos aplicar a muchos aconteceres. Los sucesos a los que nos hemos acostumbrado como constantes de las miserias cotidianas y de las atrocidades mundiales vienen predeterminadas por las secuencias de premisas previas. Desde la óptica científica es arriesgado decir qué personas con nombres concretos van a morir el próximo fin de semana en la carretera o durante el resto del año de cáncer pero sí puede asegurar, sin apenas margen de error, la cantidad de gente que va a fallecer por una causa u otra. Hay pues vectores de predeterminación preinscritos en la misma estructura de las cosas y de la configuración de las circunstancias, lo cual no hay que confundir en que haya el poder de un todopoderoso haciendo su cábala malévola para que suceda todo según lo tiene preparado. La diferencia fundamental en el uso del concepto de energía como algo subyacente a la realidad en todas sus manifestaciones con su uso como entidad con voluntad propia es que este segundo concepto termina por rescatar la vieja teoría de un dios cognoscente de la totalidad. De la misma manera que confundir la totalidad universal con el dios bajo una noción supuestamente investida de progresismo no se separa del dios de siempre que prohibe a la naturaleza viva actuar por su cuenta haciéndole jugar los roles que tiene previstos para ella. Es así que la energía deificada no es menos engañosa que las distintas versiones de dios manipuladas a ultranza por las distintas religiones según las necesidades que tenían de llenar sus templos con perfiles de personas dadas a ser engañadas. Innumerables talleres de crecimiento personal que acuden a la energía como panacea para las soluciones tienen un sorprendente parecido con otros discursos sacerdotales que apelaban a dios o las que todavía lo hacen acudiendo a la figura de Jesús como garantía para resolver todos los problemas. Si el agua de Watts tenía esta fuerza intrínseca que la llevaba a recorrer montañas y valles hasta desembocar en lagos o mares y a su paso indistintamente de su intención podía regar zonas fértiles o destruir zonas pobladas con las crecidas, también cabe pensar en el valor ambivalente de la energía. La energía en su conjunto tiende a restablecer los procesos armónicos de la naturaleza y lo que la moran, lo que no quita que circunstancialmente pueda ser lesiva con distintas expresiones de la misma. La energía no admite idolatrías pero sí verificaciones en distintas modalidades de sus registros. El ser energético no es solo el que no se rinde nunca, que trabaja 10 horas por día y le quedan otras cinco de fiesta, que remonta a los de su alrededor cuando están depresivos y nunca se concede la enfermedad o el desaliento, es también el que sabe calcular en silencio, El que sabe es el que prevé, el que mide sus fuerzas, el que recapacita sobre el valor, el que gestiona los datos obtenidos, el que los divulga, el que hace un emparedado con todo y empaqueta el mundo, al menos, en su cabeza.
La energía es algo que existe tanto en la condición intrínseca del ser como en los contextos extrínsecos en los que expansionan y proyecta su seidad. La energía lo impregna y envuelve todo. Un atómo es una expresión de la energía y los elementos que lo contienen también, pero la fuerza que los hace girar en torno al núcleo también son energía. Es energía lo que compone una molécula y lo que éstas transforman su unión en célula y el combinado de estas en un órgano y el combinado de este con otros en un ser complejo. Pero su complejidad no queda terminada hasta que no incorpora todos los procesos que apuntan a su completud. No basta con un ser vivo al que no le falte ninguno de los órganos que lo integran que por determinación y preprogramación genética va a tener, hace falta que esta combinación le potencie hacia un tipo de vida llenándola de contenidos. Así como con los brazos caídos un operario no concluye el trabajo manual que tiene pendiente tampoco un cuerpo quedo con una mente inerme mueve nada de los asuntos pendientes prácticos o mentales que tiene pendientes de hacer. La energía pide ser calibrada cuando menos en dos dimensiones: la estática, como aquella que está concentrada en un cosa hecha, un objeto concluido, un organismo evolucionado y la dinámica como aquella que se deriva a partir de la multiplicación de los recursos que un ser contiene y pone en acción. La energía estática es la parte de la energía que está en reposo a la espera de ser accionada para conseguir resultados o modificar situaciones, la energía dinámica es la que se expresa por las distintas clases de comportamientos combinados y que acrecenta sus potencialidades con la danza de posibilidades interactivas que le permite la relación con el potencial energético de todos los factores en juego de la vida. En última instancia la energía remite a un juego de ofertas y demandas, de contribuciones y gastos, de participaciones en todo el universo de los actos y cosas. La energía es una fusión de instancias materiales y espirituales o dicho de otra manera lo que permite complementar a lo uno y a lo otro, desmarcando lo material de una filosofía materialista que se ha estandarizado y lo espiritual de otra espiritualista con la que se ha querido hacer religiones. Lo material es tan necesario como lo no material y aquello permite alcanzar la posibilidad de esto. Así como un átomo funciona con más espacio interior de vacío que de materia ocupante también un ser al completo tiene más espacios de vacuidad que de contenido. Desde este punto de vista el terrible vacío existencial no sólo no es grave sino que queda reinterpretado como indispensable para unir las partes móviles de la vida con sentido. Al final resulta que todo sin sentido forma parte del sentido y toda ausencia de estructura justifica la estructura. Los nervios de un edificio permiten luego su explicación. Un edificio deja de tener sentido si los vacíos que dejara estuvieran ocupados por estructuras superfluas, por vigas y contrafuertes del todo innecesarios desde las necesidades de su sostenimiento y sus espacios internos por ser repletos de lo mismo. Su sentido es por la capacidad de alojamiento que va a dar a otras entidades. Sin vacío no hay oportunidad de nuevos contenidos. La filosofía analítica que ya vino a responder al movimiento idealista británico en tanto que corriente centrada en temas lógicos y epistemológicos[2] vino a colocar el análisis en el lugar de una razón pre-supuesta para hacerla efectiva y a no predeterminar ningún futuro en función de supuestos fuera del orden de lo humano.
3. La energía positiva: una apelación impostora.
De las distintas energçias en juego hay una que al menos semánticamente ha hecho fortuna, la llamada energía positiva. Positivizar la energía suena a potabilizar el agua, reconducir las tormentas o impedir que el fuego queme. Los tres ejemplos son distintos pero tienen un trazo común. El agua viene con un montón de impurezas pero que puede ser tomada directamente de la naturaleza sin peligro (otra cosa son las aguas sucias de los residuos de la civilización), las tormentas generan una fuerza brutal que puede destruir espacios naturales y urbanos con saldos de destrucción de recursos materiales y de vidas humanas y el fuego tiene por propiedad intrínseca la destrucción del material combustible que lo explica para actuar con algunas ventajas relacionadas con su calor. No se puede obtener los tributos del agua y del fuego para la vida, dos de los elementos fundamentales de la filosofía antigua, sin asumir su potencial de dolor tanto de uno como de otro, el modo de positivizar el fuego así como el agua es que no nos haga daño, que no incendie el uno nuestros graneros y que no contamine la otra nuestros organismos. Esas posibilidades sin embargo existen y depende del manejo o de las precauciones que hagamos o tengamos de lo uno y de lo otro podemos sanarnos o destruirnos. La cuestión existencial pasa por las elecciones idóneas en los momentos indicados y no dejar al azar su conversión en actos improvisados. La idea del azar y la apología de las coincidencias como algo preparado acuden a este otro concepto deífico de una entidad que lo cocina todo haciendo jugar a los humanos el escaso papel de los comparsas. Apelar a la energía contributiva de todo ser humano para arreglar problemas es sin duda noble y es acudir a un infinito positivo que toda expresión existencial tiene para beneficiarse sinérgicamente de todo lo existente. Creer que la energía positiva es esa instancia de voluntad suprema que lo arregla todo es una enajenación mental ante los sucesos y una disminución de la voluntad propia frente a una superioridad desconocida. Las cosas no son tan complicadas y tanto las ideas como las conductas humanas así como las situaciones llamadas objetivas del afuera guardan una extrecha conexión con el pasado y con el entramado de hechos y de protagonismos en los que han participado millones de personas a través de los siglos. Está claro que no todos los sucesos del planeta dependen de la circunstancialidad de la especie humana como hegemónica y como biocida. Existen catástrofes que escapan a su control, aunque otras son el resultado indirecto de su maltrato deliberado a los ecosistemas y existe la probabilidad de sucesos que terminen con la existencia de la tierra antes de la previsión cosmológica de ello para dentro de unos miles de millones de años. Para entonces, si antes un esteroide u otro planeta no lanza el rumbo de la tierra a otro lado del sistema solar o contra el mismo sol, las distintas humanidades y civilizaciones que hayan pasado ya habrán aprendido sobre si mismos lo suficiente como para dejar de teorizar la eternidad como un continuum de los espíritus. Entre tanto los mortales socráticos que vivimos con nuestras inquietudes y nuestras presunciones de magistralidad por unos cuantos saberes tenemos que coexistir los unos con los otros tratando de gestar armonía recíproca y de sostenerla. Para eso las gentes de distintas formaciones, disposiciones y trayectorias vienen a un decorado social con un cometido principal: tratar de no estropearlo más de lo que está. Del otro, sea quien sea, se espera un mínimo de representación, de actuación consecuente con su condición. Todos esperamos de todos ajustarnos a unos mínimos y a una predictibilidad de acontecimientos. Si alguien se escapa al rol esperado nos alarma, en particular cuando este rol, carente del más elemental respeto, pone en peligro nuestra integridad. Hay un buen número de conductas que no se ajustan al respeto mínimo y actúan agresivamente contra el medio y contra sus habitantes. Son las conductas que integran cotidianamente la estadística de la fatalidad y la crónica de los sucesos luctuosos. Hay un empeño en la nueva era en conectar estas conductas o estos aconteceres dañinos con la disposición subjetiva a buscarlos o encontrarlos. Es un criterio que se inviste de razonabilidad: el talante positivo genera coincidencias positivas, el negativo tropieza con las negativas y que deja de funcionar tan pronto se conoce la causalidad multifactorial de los hechos. Es enormemente difícil encontrar una sola causa para cada cosa y antes bien una actitud dada tomada al azar responde a distintas influencias que convergen en el sujeto que hace agente de ella. Presuponer que el talante del deseo de encuentros de experiencias fabulosas lo va a proporcionar sin más es estar edulcorando las perspectivas de futuro con un catecismo de mentiras haciendo caso omiso a las leyes del mercado social y a las verdades de las transacciones humanas. Nadie hoy en día puede ignorar la enorme cantidad de problemas en los que pasta nuestra especie y no basta con ser o hacer de buena en el edificio en el que se vive o en el que se trabaja para que por mimetismo el mundo sea bueno. La misma persona que considera esta idea trasladada a otro contexto geopolítico en el mismo momento en que lo piensa empieza a experimentar un proceso de cambio actitudinal y de crisis de pensamiento. El otro no tiene porque ser lo esperable por mucho que se hagan ruedas de energía positiva para que así sea. El otro, cualquier otro, se remite a su propia energia estática y dinámica y a sus necesidades supervivenciales y existenciales. En definitiva la energía dinámica de un león pasa por poner fin a la energía potencial y a sus posibilidades de un antílope. La apología de la energía positiva trata de colocar la esperanza en el lugar de la verdad y tiende a culpabilizar quien no la tiene con los sucesos con los que da. Confunde el análisis de la verdad con la responsabilidad de la realidad tal como es. Así como el gestor del fuego o el usuario del agua no es responsable de las tragedias que el uno y el otro puedan ocasionar por su descontrol o uso erróneo, tampoco el intérprete de la realidad es el responsable de las circunstancias que se desencadenan en ella, algunas de las cuales produce enormes padecimientos.
La disociación entre lo que se piensa y lo que se hace es una de las objeciones en las que más insistimos en los debates y en las autocríticas. Todavía hay quien no se responsabiliza de las consecuencias de sus actos y no ve la relación entre las elecciones cotidianas o regulares que hace, entre ellas consumir productos que han implicado procesos industriales de explotación infantil o pagar con sus impuestos el armamento de ejércitos preparados para destruir; y el resultado del mundo como una totalidad que aun carece de libertades suficientes y condena a una buena parte de la humanidad a la infelicidad, cuando no al drama y a la tragedia. Todo remite a unas leyes de facto no a las leyes escritas por alguien que ha dicho o establecido como comportarnos al estilo de las tablas judaicas de Moisés. Para Frederick Suppe, teórico de la concepción semántica, la ley es una concepción R entre dos estados. R es una secuencia. La ley estadística que muestra una regularidad de eventos es una relación entre dos estados bajo la ley de probabilidad. Una ley es la unión de sistemas determinados, no es una entidad lingüística. Mientras los códigos que regulan conductas y comportamientos cívicos pasan por la palabra las emociones y las tendencias inerciales del comportamiento humano, la ley intrínseca de la vida permite y premia la viabilidad de unos acontecimientos y niega o entorpece la de otros. Defender la energía positiva para generar energía del mismo signo en el otro choca contra los intereses creados y las dinámicas energéticas en conflicto entre ellas. Los soldados de trincheras que en la guerra civil española suspendían por un rato su belicismo para un alto el fuego, un rato de conversación o de juego tendrían mucho que opinar sobre la energía demagógica y la fuerza real de las balas en quitarse mutuamente sus vidas. En el mundo de los negocios en los que la pasión forma parte de las estrategias especuladores lo mismo que en el del juego de casinos la capacidad de riesgo de unos y de otros puede enriquecerlos de una parte pero indirectamente empobrecer a otros aunque esa no fuera su resolución. A Herbert Spencer ideólogo del darwinismo social que tuvo un buen representante en John D Rokefeller, habría que preguntarle, también a éste, la previsión de las consecuencias nefastas de participar en la vida colectiva de la sociedad no desde la colaboración mutua de los seres con la aportación de sus inteligencias y de sus energías sino con la insidia del lucro y la determinación a vencer y a ganar el máximo sin medir la consecuencia de enviar a la miseria a otros.
La gente y sus conductas pasan por la valoración de su utilidad y de su cuota de complementareidad a otras y así en conjunto su contribución a la perfección o por el contrario su falta de valor concreto y su lastre para el Todo. La disculpa de las conductas erróneas concretas al amparo de que todas las personas tienen una bondad congénita y que todo acto por nefasto que pueda ser ayuda a la experiencia es un alegato nada esotérico y en cambio sí muy psicológico por su conexión con la necesidad masoquista de integrar lo desagradable. Las conductas neta e incuestionablemente equivocadas que vienen dadas por negligencia, incapacidad, desidia o premeditación de sus protagonistas no tienen porque ser soportadas por quienes se cuidan de no dejar sus detritus y sus errores como factores anticonvivenciales o de afectación negativa a los demás. La lucha de un registro contra otro está servida. Callar ante el error es de alguna manera consentirlo y por lo tanto perpetuarlo. Es además avalar al actor que hace de ello el distintivo de su personalidad. Por otro lado enfrentarlo es correr el riesgo de ser malinterpretado y ahí donde hay una crítica ser entendida una oratoria agresiva o ahí donde hay un análisis pensar que se da una acusación. El lenguaje es del todo insuficiente cuando los conceptos contra los que lucha son pre-racionalistas o incluso anti-racionales justificando toda conducta en base a los ímpetus circunstanciales y a la pasión necesaria para la extroversión proyectiva. No pondremos en duda que tras la patada de alguien contra un vehículo porque le molesta que esté estacionado en el lugar en el que está o contra la puerta corredera metálica de un establecimiento, o puestos a patear contra el afroamericano que pasa en aquel momento, deben haber actos expansivos de la personalidad que los hace que necesita manifestar su ruido o su dominación. Tratar de explicar que estas cosas no se hacen apelando a la lógica de la coexistencia pacífica es suponer que nadie antes ha dado opiniones en este sentido y que el mismo agresor no sabe que lo es, lo cual coloca al que le avisa en el lugar del idealista empecinado en un discurso que aterriza en el vacío. La educación desde luego pasa por la palabra y el sujeto deseducado sobre lo que le pasa será víctima de sus conductas deplorables en tanto no sea capaz de pasar por la palabra sus emociones y malestares. Entretanto el modo de reeducarlo no se puede limitar a la palabra sino a aquel conjunto de mensajes fácticos que le hagan entender la improcedencia de su comportamiento. Finalmente todo contiene un poder comunicacional y el mejor modo de hablar es a veces actuar desde el silencio. Apelar a la energía positiva es un argumento impostor cuando presupone que ello, sin otras intervenciones, es suficiente para que las conductas se modifiquen espontáneamente dejándolo para la iniciativa de las personalidades que están fuera y en contra del equilibrio de las de los demás.
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