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Teología para inocentes

Hay unas cuantos campos de conversación en los que la prudencia y los consejos de la relación protocolizada

 recomiendan no entrar. De encontrárselos puestos en la mesa  lúdica el mejor criterio es eludirlos con finura y elegancia.

No es una lista corta: entre ellos están el nacionalismo y  el vegetarianismo, pero sobre todo la religión. El dialogo  entre creyentes y no creyentes puede agriar un buen momento conversacional. Lo mismo se puede decir acerca de la conversación política sobre nacionalidades. Hay otros temas que ni siquiera entran en lista porque nunca los he considerado verdaderos temas: nunca he hablado con nadie de fútbol o tauromaquia en los términos de seguir tal corrida o tal partido. Si lo pienso detenidamente tendré que concluir que hay muchos mas temas en los que no entro ni salgo y los dejo pasar sin tomarlos como algo mío. La autoexclusión moderada de unas cuantas cosas en la vida te permite continuar trasteando con ella en otras más interesantes.

Esa autoexclusión puede ser de dos tipos: por la falta de interés absoluto del tema y por la falta de posibilidad de entente cuando surge. Las conversaciones sobre religión suelen ser ejercicios de irracionalidad escénica. Un creyente y un no creyente unidos por las circunstancias en tornos a unos vasos o a unos platos se pueden llevar la desagradable sorpresa de encontrarse ante la más absoluta incompatibilidad si bucean un poco en las cuestiones de fe o devoción a dios. Lo mejor es no destapar la tapa de los truenos del tema o no hacerlo si no hay las condiciones intelectuales suficientes para ello. ¿Qué son condiciones intelectuales suficientes? Un mínimo de racionalización del tema, un apoyo argumental de cada afirmación o negación y una información documentada. Por lo general creer o no creer es tanto como gustar o no gustar, no hay vuelta de hoja. A quien le gusta el color rojo pues bueno, le gusta. En la conversación racional cuando se acude a elementos subterfugiales tales como apariciones, llamadas celestiales o la fe como instancia suprema un sentido de la decencia exige no hacer demasiado caso, un sentido de la higiene mental no aceptarlo por cierto, un sentido del respeto no reírse del que afirma demencialidades y, finalmente, un sentido del humor tomar la distancia irónica de lo que se diga en la tertulia.

Está por ver si los espacios serios o más serios que pretenden el entendimiento entre religiones pueden servir para algo pero por lo que hace a las conversaciones que surgen usurpando otros temas en los momentos lúdicos de la relación es superfluo intervenir mas allá de entregar las señas de identificación: en mi caso las de un hijo de la naturaleza sin dios que no se avergüenza de su ateísmo.

Cuando episódicamente me veo envuelto por una conversación teológica, aunque trato de no inmiscuirme, llega un momento en que no puedo callar ante afirmaciones rotundamente mentirosas que tratan de ser ocultadas por el apasionamiento de su hablante. Hilando fino sé que muchas conversaciones en la vida que pasan por la pasión y el verso no pasan por el análisis o la racionalidad. La racionalidad no es un atributo per se, es una facultad que convoca procesos racionalistas sopesados. Si queda acreditado suficientemente que no se dan todo lo que no se puede hacer es  continuar con la conversación. La disertación teológica abunda en la falta de ellos. Es explicable desde el momento en que la teología en realidad no es la ciencia sobre dios -que podria derivarse del valor etimológico de su palabra- sino una ensoñación o ideación personal de cada tertuliano –o supuesto teólogo- sobre lo que entiende por ese significante. Y no es una ciencia ni puede serlo porque maneja mayor cantidad de conceptos abstractos, tales como fe, esperanza, creencia, dios, omnipresencialidad que de conceptos concretos en relación a los fenómenos eclesiales, a las actitudes y movimientos religiosos además de los supuestos referentes históricos de los que se ha querido derivar los ritos modernos de ellos.

Un creyente, sea cual sea su carta de adscripción religiosa, en el fondo de sus códigos personales no puede tolerar ni entender al no creyente. Aquel necesita el premio paradisiaco, el perdón de sus pecados,  la vida eterna y unas cuantas  presunciones, por no decir pamplinas, más al respecto; éste no duda en afirmar que el premio de la eternidad seria mortal de puro aburrimiento y –lo que es mas importante- puede demostrar que puede no tener ninguna religión y no por eso albergar la maldad en su mente o espíritu.

El no creyente no necesariamente tiene porque negar la existencia de un alma o de un espíritu pero sí de un dios vengativo o de su negocio y explotación por quienes lo han interpretado como el amo y señor de todas las cosas, de lo que ha sucedido y de lo que está por suceder y por supuesto de toda la naturaleza y de sus descendientes. El no creyente no se coloca en la tesitura de la victimidad por sus elecciones de vida pero su distancia de la moral religiosa no quita que tenga su ética de conducta justa.

Se nos ha querido imputar a los no creyentes una falta total de espiritualidad y un abrazo a ultranza del materialismo. No es eso,  más bien es al revés, los ritos religiosos sirven para que la gente más acomodada de las clases más fuertes tenga un espacio ideológico de cohesión y reconocimiento. Se puede conciliar un parámetro de espiritualidad con otro de ateísmo. El dios único, en cualquiera de sus figuras conocidas, es para mentalidades que necesitan activarse con la idea de lo absoluto. El no-dios permite la liberalidad del pensamiento, es decir, su deliberación para cada concepto, situación y credo y no tomar por válidos los dictados por mucho que vengan avalados por tradiciones de credulidades.

La credulidad en los iconos, santería y absolutos de lo religioso tiene un paralelismo demasiado evidente con la credulidad infantil ingenua, pero también ingeniosa, de una impresionante nómina de personajes producto de la ficción. No es que los profetas, dirigentes o místicos de las religiones no hayan existido o hayan sido pura invención, sino que sus lecturas, santificaciones y mensajes se han preparado adecuadamente para las políticas eclesiásticas o congregacionales de cada momento histórico. Del mismo modo que concedemos a los niños a que jueguen con sus héroes de mentira y aceptamos que eso contribuye a la expansión de su imaginario también podemos aceptar que millones de personas crean en sus héroes religiosos y en sus dioses pero no afirmar que eso contribuye a su madurez intelectual o a su madurez personal. También le discutiríamos a nuestro hijo que mas allá de la infancia siguiera con sus muñecos o sus juegos de crio y hablara con sus personajes de ficción. Veríamos en todo eso un retraso de su evolución. Pues bien, una buena parte de la humanidad sigue en el estado infantil por lo que hace a creencias en absolutismos energéticos. Dicho así puede resultante insultante. Lo es, en todo caso, bastante menos que cuando alguien te dice que se le ha aparecido dios y lo ha infundido de conocimiento y no tiene la menor vergüenza en decir tamaña cosa. El caso es que el ateo es el menos interesado en negar la existencia de fenomenología paranormal pero no cae en la trampa de uni-interpretar toda la casuística reunida que se refiera sobre ella bajo el único concepto de que es un dios superior que lo prepara todo a su conveniencia.

La perversidad inscrita en el concepto de omnipotencia es mucho mayor que el que puedo atestiguar por el momento. Deja en el lugar de la función mecánica a la inteligencia humana y a su conducta en una escenografía representacional de algo decidido en otra parte. Si esto es la vida sin la menor libertad creativa para recrearla ¿Qué sentido tiene vivirla? ¿Complacer al director de la escena, a ese dios con la vara en la mano?

Si bien la religiosidad se corresponde no poco con la ingenuidad, dejarse victimizar por ella solo consigue en sus inocentes que estaban de paso, en que se parapeten aun mas en su materialismo analítico y tomen por lo que son a sus creyentes, eso, creyentes.

Cada religión a falta de parámetros suficientemente razonables se ha convertido en la nodriza de otras que han creído en otras verdades alternativas. Cuando alguien se ha levantado para revisar críticamente los dogmas desde dentro de una estructura religiosa pronto se le ha querido apartar del discurso público. El inquisidor dominico Nicolau Eimeric consiguió que Gregorio XI condenara el Lulismo (1376) pero Marti V invalidó aquel decreto posteriormente  en el 1419[1].

Hay una teología de larga tradición conexa a la historia del pensamiento que no se puede negar como campo de disertación. La gravedad del asunto es el de tener que acudir a una buena cantidad de conceptos abstractos para finalmente gestionar como tiene que ser la vida cotidiana que es lo más concreto de todo. De aquella lista, palabras como fe e incluso esperanza están al final de todo a mucha distancia de otras como conciencia, paz, amor o espiritualidad. La de dios es una burla continua renovada al intelecto humano. Otro asunto es mencionarla por razones literarias o por dejes hablados inerciales.

Mientras feligreses con más o menos fe insisten en que dios les ha sido relevado y se desmarcan de otros con otras lecturas deíficas discrepantes el mundo sigue matándose en guerras en cuyo trasfondo esta el tema religioso. En Europa tuvimos que soportar las confrontaciones en Irlanda entre católicos y protestantes y en todo el mundo el conflicto de oriente medio es una afrenta permanente a la sensibilidad humana. En la documentación histórica por la que Israel reivindica su preeminencia en la zona esta el alegato religioso continuamente. Tal Haran,[2]  israelí antimilitarista,  explica que la personalidad del estado israelí viene determinada por tratarse de un estado nacido de la guerra y de la conciencia compartida de sus ciudadanos de que no eran queridos en ninguna parte. La cultura de la guerra empapa todo el país. Participa de la campaña de la desobediencia en un país que la democracia solo cumple con la imagen formal y que no tolera a  pacifistas israelís que aboguen por los derechos civiles palestinos. Israel que tuvo al principio una cierta simpatía internacional por su programa de kibutz y de nuevo estado emergente que podía reunir una aspiración histórica de justicia está demostrando, como ningún otro país nunca en la historia, su capacidad de revanchismo y de homicidio contra los más débiles de su territorio. Tienen un dios que le perdonará por anticipado todas las atrocidades que puedan cometer.

En la discusión concreta en que los creyentes más filofanaticos te meten, un inocente solo puede escapar. A mí no, gracias, déjame en paz. Yo no necesito que perdonen mis pecados ni que me de condenen a una vida eterna aunque este llena de flores y de miradas amorosas. Tengo suficiente con esta vida, no quiero renacer en ninguna otra parte. La tierra es las coordenadas del infierno no puede haber otro peor en el cosmos. Mucho menos necesito arrodillarme cinco veces al dia ante nadie por mucho que sea el señor de todos los tiempos y de todos los espacios. Demasiados siglos de esclavitud siguen embotando las mentes humanas. El mal, gran protagonista de fondo, que es demonizado y supuestamente alternativizado por las religiones no ha dejado de ir unido a estas, a sus políticas de proselitismo y conquistas. Su alternativa no es el bien tan vacio de contenido conceptual como el otro, si no la conciencia que arroja el saber sobre los errores interpretativos de la existencia, incluidos las lecturas del pasado. Giovanni Papini, teorico del bien y del mal, sabia que toda traduccion ya incluida una cierta traicion ( tradutore:traditore).La discusión de ambos parámetros separada de las conductas concretas de quienes la hacen carece de sentido. Por eso mientras la conversación de sobremesa habla del bien el comensal no deja de hacer su mal particular atiborrándose de comida dañina, que a su vez ha sido preparada matando a otros seres o luego fuma para intoxicarse todo lo que puede.  La alternativa a  supuestas teologías encargadas de la próxima jaquea es la discusión sobre la existencia y su relación con lo esencial. ¿Viene despues de la esencia o antes?

Hay un motivo constatado  por el cual los creyentes son creyentes: el miedo a la libertad de pensamiento, pensar pues por cuenta propia, crecer y dejar de ser niños.  La angustia es el vértigo de la libertad según Kierkegaard. Que cada cual responda si  este vértigo es su peaje o la medida de su profundidad.


[1] Enel s XVIII se editaron los  10 volumenes de sus Opera Omnia (Maguncia 1721.1740)

[2] Consultar su entrevista por Mar Vallecillos  publicada en  Cuadernos del Domingo, El periódico  28 de septiembre del 2003, p.8 a propósito de su visita a España para denunciar la opresión del los palestino y el rampante militarismo de la sociedad israeliana.

septiembre 4, 2008 - Publicado por | General

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